Nadie me avisó de que esto también era un duelo
Sobre las pérdidas que no salen en las esquelas, las que nadie te da permiso para llorar y por qué, a veces, reírte también forma parte de despedirte (aunque sea olvidándote las cenizas de tu abuela en una terraza)
Mira, hay duelos que vienen con esquela, con tanatorio y con alguien preguntándote si has comido algo, si has descansado o si te apetece un café. Con gente que te abraza y te dice «lo siento mucho» aunque no sepa qué más decir.
Y luego están los otros. Los que seguramente tú también has vivido.
Como cuando tu marido te dejó, o cuando te enteraste de que te había sido infiel y sentiste que algo se quebraba por dentro. Cuando tu amiga de toda la vida dejó de llamarte y nunca supiste por qué. Cuando tu relación terminó con un mensaje de WhatsApp. Cuando se murió tu perro, el que dormía a los pies de tu cama. Cuando te despidieron con un correo de tres líneas después de veinte años dándolo todo. Cuando tuviste que vender tu casa. Cuando te dieron un diagnóstico que partió tu vida en un antes y un después. Cuando dejaste tu isla o tu país. Cuando el embarazo no llegó, o llegó y se fue. O, simplemente, el día que te diste cuenta de que ya no podías leer la letra pequeña sin alejar el brazo, como quien intenta enfocar un cuadro en un museo.
¿Te has reconocido en alguno? De esos duelos casi nadie te habla. Y, sin embargo, te han dolido tanto o más que algunos duelos «oficiales».
—Ya, pero eso no es un duelo de verdad, ¿no?
Sí lo es. Y de eso quiero hablarte.
Si no se ha muerto nadie, ¿por qué me duele tanto?
Es una de las preguntas que más escucho en consulta. Casi siempre llega en voz baja, como pidiendo perdón por sentirse así. Y yo respondo siempre lo mismo: te duele porque el duelo no es una respuesta a la muerte. Es una respuesta a perder algo que formaba parte de tu vida.
Fíjate, Freud ya lo decía en 1917: hacemos duelo por una persona amada, pero también por la patria, por la libertad o por un ideal. Hace más de cien años de eso. Y aun así, ¿a que alguien te ha mirado raro cuando le has contado que lo estabas pasando mal porque te habías jubilado, porque tus hijos se habían ido de casa o porque tu cuerpo ya no responde como antes?
Y es que no pierdes solo a quien se va o lo que se va. Pierdes todo lo que venía con ello: tus rutinas, la persona que eras cuando vivías en aquel país, cuando tenías cerca a esa amiga o cuando tu perro te esperaba en la puerta. Pierdes el futuro que habías imaginado.
Piénsalo un momento: cuando se rompió tu relación, ¿qué perdiste de verdad? No solo a una persona. Perdiste el viaje que ibais a hacer, los dos nombres en el buzón, ese «nosotros» con el que empezabas las frases, tu proyecto de vida.
José González Fernández y Manuel Nevado lo explican muy bien en sus libros: una separación, una ausencia o un gran cambio vital se elaboran con mecanismos muy parecidos a los de una muerte, aunque nadie les ponga un crespón negro.
—Entonces, ¿no estoy exagerando?
No. No estás exagerando.
Los duelos sin permiso
Estos duelos tienen nombre, ¿sabes? Kenneth Doka los llamó, a finales de los ochenta, duelos desautorizados. Son esos que la gente de tu alrededor no reconoce, no valida, no entiende o incluso te critica. Y como nadie los reconoce, nadie te acompaña.
A lo mejor te pasó cuando se murió tu perro y alguien te soltó «bueno, era solo un perro». O cuando perdiste un embarazo y te dijeron «ya vendrá otro». O cuando murió tu ex y no sabías si tenías derecho a ir al funeral. O quizá lo estás viviendo ahora con tu madre o con tu padre, que tiene demencia y sigue aquí, pero ya no está. Pauline Boss lo llamó pérdida ambigua: tener que despedirte sin un momento claro en el que hacerlo.
José González suele recordar algo que a mí me parece muy revelador: nuestro idioma tiene palabra para quien pierde a su pareja o a sus padres, pero no para quien pierde a un hijo. Y lo que no se nombra cuesta que se reconozca.
Y lo que no se reconoce, ¿dónde lo lloras? A escondidas. En el coche, en la ducha o en el pasillo del supermercado cuando suena esa canción. Con mucho dolor, pero también con vergüenza, pensando que eres «demasiado sensible» porque nadie valida lo que sientes.
Así que, si estás en uno de estos duelos, te lo digo claro: no necesitas el permiso de nadie para que te duela. Ni siquiera el mío. Pero, por si te sirve, aquí lo tienes.
El club del «al menos»
Seguro que te la han dicho. Esa frase que, cuando estás en duelo, aprendes a temer más que al silencio. La que empieza por «al menos».
«Al menos no teníais hijos.» «Al menos ya era mayor.» «Al menos no sufrió.» «Al menos tienes trabajo.» «Al menos te queda el otro perro.»
¿Cuál te dijeron a ti?
—Bueno, pero lo decían con buena intención…
Seguro que sí. Quien te la dijo seguramente quería ayudarte. Pero el «al menos» le quita tamaño a lo que sientes justo cuando más necesitas que alguien lo mire entero. Por eso te dolió.
Y si algún día eres tú quien acompaña a alguien en duelo, te doy un pequeño truco: cambia el «al menos» por «qué difícil». Y si no sabes qué decir, no digas nada. Quédate. Llévale croquetas. Las croquetas nunca le han hecho daño a nadie.
Las fases no son un GPS
Seguro que has oído hablar de las cinco fases: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.
—Sí… y no sé en cuál estoy yo.
Me lo preguntan mucho. Y siempre respondo lo mismo: en la tuya. Porque lo que casi nadie cuenta es que Elisabeth Kübler-Ross las describió pensando en personas que se enfrentaban a su propia muerte, no en quienes se quedan. Y que nunca fueron una escalera para subir peldaño a peldaño. Si el duelo funcionara así, te bastaría con ir tachando casillas: negación, hecha; ira, hecha; la negociación, para el jueves.
Cuando la investigación lo comprobó, el resultado fue mucho menos ordenado: la aceptación aparecía desde el principio, echar de menos pesaba más que la ira o la depresión, y todo convivía y volvía cuando menos te lo esperabas.
Así que si un día estás enfadada, al siguiente sientes que lo has aceptado, el domingo por la tarde te pega un bajón monumental y luego te ríes con una foto antigua, no lo estás haciendo mal. Estás haciendo un duelo. Yo siempre digo que el duelo es un estado de locura mental transitoria en el que no nos entendemos ni nos entiende nadie. Se parece más a una montaña rusa que a un GPS: nadie te avisa de cuándo llega la próxima curva.
Un rato en la pena, un rato en la vida
—Hay días que ni me acuerdo, y luego me siento fatal por eso.
Pues escucha esto, porque te va a quitar un peso de encima. Es una idea que suelo compartir en consulta y que casi siempre trae mucho alivio. Se llama modelo de proceso dual, es de Margaret Stroebe y Henk Schut, y viene a decir que elaborar una pérdida es ir y venir, no estar mirando el dolor de frente todo el rato.
Vas a tener ratos para la pérdida: para llorar, para recordar, para hablar con quien ya no está. Y vas a tener ratos para la reconstrucción: para rehacer tus rutinas, buscar otro trabajo o quedar a tomar algo. Lo sano es justo eso, ir y venir entre unos y otros. Stroebe y Schut no lo dicen con estas palabras, pero básicamente te dan permiso científico para ver tres capítulos seguidos de una serie malísima sin sentirte culpable.
Traducido: no eres mala persona por haber pasado una tarde entera sin acordarte. Y haber llorado otra vez delante de su taza favorita tampoco significa que no estés avanzando. El duelo también necesita descansos para el bocadillo.
¿Puedo reírme?
—¿Y si me río? ¿No queda fatal?
Claro que puedes. Y la ciencia está bastante de tu lado.
En los años noventa, Dacher Keltner y George Bonanno grabaron a personas que habían perdido a su pareja hacía unos meses mientras hablaban de ella. Algunas se reían de verdad, con esa risa que arruga los ojos. Y esas personas mostraban menos malestar y despertaban más calidez en quienes las escuchaban. Reírse les ayudaba a sostener la pérdida y a seguir en conexión con los demás. Así que reírte no es traicionar a quien se fue.
¿Quieres que te cuente algo mío? Para despedir a mi abuela organizamos una merienda en una terraza; después íbamos a esparcir sus cenizas en el mar. Empezamos a recordar anécdotas suyas y la merienda se fue convirtiendo en cena. A eso de las once de la noche pagamos, nos levantamos y nos marchamos. De pronto oímos gritos a nuestra espalda: era el camarero, con la cara descompuesta, corriendo hacia nosotros con la urna en la mano.
¡Nos habíamos olvidado a Abu!
Imagínate el ataque de risa que nos entró. Nadie lo vivió como una falta de respeto; al contrario, pensamos que ella también estaría «muerta» de risa. Fue como tenerla un ratito más con nosotros.
No hace falta pasar página
—Es que todo el mundo me dice que tengo que pasar página.
Lo sé. «Tienes que pasar página.» «Tienes que soltar.» «Tienes que cerrar ese capítulo.» Nos encanta hablar del duelo como si fuera un expediente que se archiva.
Mi formador en duelo lo repite a menudo: la sociedad nos empuja a pasar página. Pero la investigación sobre los vínculos continuos, que Dennis Klass, Phyllis Silverman y Steven Nickman recogieron en los noventa, dice otra cosa: muchas personas elaboran su duelo sin romper el vínculo con lo que han perdido, sino transformándolo.
Así que si hablas con tu madre aunque ya no esté, si cocinas su receta o si te preguntas qué diría ella en tal situación, tranquila. En la mayoría de los casos no es nada malo: es tu manera de integrar la pérdida en tu propia historia.
Robert Neimeyer añade algo precioso: hacer un duelo es aprender a contarte de nuevo quién eres después de haber perdido algo.
Y esto vale para cualquier pérdida. No tienes que odiar a tu ex para haber superado la ruptura. No tienes que dejar de echar de menos tu antigua vida para construir la nueva. Ni dejar de llorar a tu gato para adoptar otro. Puedes llevarlo contigo; simplemente, de otra manera.
¿Cuándo pedir ayuda?
—¿Y cómo sé si necesito ir a terapia?
Primero, déjame quitarte algo de presión: la mayoría de los duelos no necesitan terapia. Necesitan tiempo, compañía, espacio para sentir y alguien que no te meta prisa. De hecho, la terapia ofrecida por sistema a cualquier persona en duelo aporta poco; donde de verdad ayuda es cuando el duelo se complica.
Porque a veces el duelo se queda atascado. Hoy el trastorno por duelo prolongado está reconocido tanto por la Organización Mundial de la Salud como por la Asociación Americana de Psiquiatría, y un metaanálisis estimó que afecta aproximadamente a una de cada diez personas en duelo.
Te recomiendo consultar si, pasados varios meses desde la pérdida (los manuales diagnósticos hablan de entre seis meses y un año), te reconoces en varias de estas situaciones:
- Echas de menos a esa persona, o esa vida, con un anhelo tan intenso que lo ocupa casi todo.
- Sigues sin poder creerte lo que ha pasado, como si una parte de ti esperara que todo haya sido un error.
- Sientes que una parte de ti se fue con esa persona o con esa etapa, y ya no sabes muy bien quién eres sin ella.
- El dolor (tristeza, rabia, culpa, amargura) es tan intenso que no deja espacio para nada más o, al contrario, sientes que te has anestesiado, que no eres capaz de sentir.
- Evitas a toda costa lo que te la recuerda o, al revés, no puedes pensar en otra cosa.
- Te cuesta retomar tu vida: volver al trabajo, ver a tus amistades, hacer planes o imaginar un futuro.
- La vida ha perdido sentido o sientes una soledad profunda, incluso con gente alrededor.
- Todo esto está afectando seriamente a tu día a día: al trabajo, a tus relaciones, al sueño o a tu salud.
También si la pérdida fue traumática, repentina o violenta, o si has empezado a apoyarte en el alcohol u otras sustancias para poder soportarla.
Y si en algún momento aparecen ideas de no querer seguir viviendo, pide ayuda ya, sin esperar a que pase ningún plazo. Díselo a alguna amiga, amigo o familiar; no tengas vergüenza, es algo que hemos sentido muchas personas. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible las 24 horas.
Lo que me gustaría que te llevaras
Si has llegado hasta aquí, seguramente estés pensando en alguna pérdida tuya que ni siquiera te habías permitido llamar así. ¿Me equivoco? Gracias por quedarte hasta el final.
Quiero que te lleves esto: no hay una forma correcta de hacer un duelo, no hay calendario y no tienes que justificar ante nadie por qué te duele lo que te duele. Puedes llorar un día y reírte al siguiente. Puedes echar de menos algo que te hacía daño. Puedes seguir queriendo a quien ya no está, en el formato que sea.
El duelo no es un problema que haya que resolver. Es el amor aprendiendo a hablar en otro idioma.
Y eso vale también para tus duelos, los que no tienen esquela.
Si algún día necesitas que alguien te acompañe en el tuyo, aquí me tienes.
Referencias científicas
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- Currier, J. M., Neimeyer, R. A., & Berman, J. S. (2008). The effectiveness of psychotherapeutic interventions for bereaved persons: A comprehensive quantitative review. Psychological Bulletin, 134(5), 648-661. https://doi.org/10.1037/0033-2909.134.5.648
- Doka, K. J. (Ed.). (2002). Disenfranchised grief: New directions, challenges, and strategies for practice. Research Press.
- Freud, S. (1917). Duelo y melancolía. En Obras completas (vol. XIV). Amorrortu.
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- Klass, D., Silverman, P. R., & Nickman, S. L. (Eds.). (1996). Continuing bonds: New understandings of grief. Taylor & Francis.
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- Maciejewski, P. K., Zhang, B., Block, S. D., & Prigerson, H. G. (2007). An empirical examination of the stage theory of grief. JAMA, 297(7), 716-723. https://doi.org/10.1001/jama.297.7.716
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- Stroebe, M., & Schut, H. (1999). The dual process model of coping with bereavement: Rationale and description. Death Studies, 23(3), 197-224. https://doi.org/10.1080/074811899201046
- World Health Organization. (2019/2022). International Classification of Diseases, 11th Revision (ICD-11): 6B42 Prolonged grief disorder.
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